En el Silencio del Amor
– ¡Ya voy Jóse, ya voy! Estoy atrasada, lo se,
pero espérame otro momento.
La anciana hace esfuerzos
visibles por articular palabras. La muerte se acerca a pasos lentos,
desesperantes, pero inexorables. Ella lo sabe. Y mientras dirige la mirada
hacia un lado del estrecho cuarto, no se sabe si adrede o porque en verdad la
agonía se lo impide, evita ver a sus hijas, que la observan y al mismo tiempo
vuelven sus rostros hacia el lugar en donde ella, conforme a sus palabras, se
dirige a un ser que parece estar animándola a que cese la resistencia al trance
final.
– Eira, ¿dónde estás hija mía?
– Aquí mamá, a tu lado ¿No me sientes?
– Sí, si te siento. Perdona, pero esto me vuelve
loca. ¿Ya llegó el año nuevo, cierto?
– No mamá. Tu sabes que la gente comienza a
celebrar desde por la tarde, pero todavía no es año nuevo.
– No trates de engañarme, hija mía. Los disparos,
el sonido de los voladores, todos los ruidos han crecido y me ensordecen. Se
que estamos en año nuevo y estoy atrasada, porque debí viajar antes de las doce
de la noche ¡Pero que se cumpla la voluntad del Señor!
– Mamá, por favor, déjate de esa obsesión y trata
de descansar. Duerme otro rato para que repongas fuerzas. El médico está
pendiente y si lo necesitas, lo mando a buscar.
– ¡Ay, hija mía! No necesito médico ni nada,
solamente salir prontamente. Las muchachas, ¿dónde están?
– Aquí estoy mamá.
– Felita, hija mía, no te alejes de la cama.
Sabes que eres mi fuerza, porque me hablas de quien todo lo puede. Tu fe en
Dios es el bastón sobre el que me apoyaré para andar por el camino hacia su
casa. ¡Bendita serás por eso, hija mía!
– Yo también estoy aquí, mamá.
– Si Mayito, se que también estas a mi lado.
¿Sabes por qué te bauticé María Bernarda?
– Una vez, cuando estaba muy niña me contaste
sobre esas razones, pero no me acuerdo. ¿Me lo repites, mamá?
– Sí, hija mía. Mientras llega el instante en que
deba salir, hablaré de lo que pueda para que me entiendan y no me olviden.
Llevas el nombre de María, porque era ella, la madre de Jesús, el único
consuelo que tenía en aquellos momentos tan difíciles. Y Bernarda, en honor a
la Madre Bernarda, la beata Bernarda Butler, a quien pedía intercediera por mí
ante el Señor para que se aliviaran mis tribulaciones. José del Carmen estaba
muy enfermo y sin embargo quedé encinta. Darle mi amor era, siempre lo creí
así, una forma de consolarlo, de hacerlo olvidar los males que lo aquejaban y
que finalmente se lo llevaron a la tumba. Quedé embarazada cuando su final se
acercaba. Por eso te bauticé con los nombres de María Bernarda, aun cuando por
cariño, todos te llamamos Mayito. No lo conociste, pero él sí. Estabas en la
cuna cuando le toco partir y descansar.
El largo párrafo la
deja como agotada. Hace esfuerzos por recuperar la respiración no obstante a
que, hasta el momento y pese a la gravedad de sus dolencias, no ha sido
perturbada en este aspecto. El agotamiento es visible. Sabe lo que tiene que
decir, pero algo le impide la fluidez verbal. En su cara se refleja el
desagrado por no poder decir de una vez y sin interrupciones todo lo que
quiere, lo que siente, lo que en su larga vida ha acumulado en relación con sus
hijos.
–Eira. Fuiste la primera de las mujeres.
Llegaste en una época de confusiones y si bien le diste alegría al hogar, las
dificultades no permitieron reconocerte el aporte que para nosotros todos,
representaste. Casi no podías con tu propio cuerpo cuando te colocaste a mi
lado para contribuir a levantar a tus hermanos. Cada uno de ellos me lo ha
dicho. Eres más que hermana y se que desde el momento en que me vaya, me
remplazarás en el corazón de ellos, porque te quieren como a una madre. De
paso, hija mía, ¿Y los muchachos ¿dónde están?
– Todos están en la casa descansando un poco,
para remplazarnos en la mañana.
– Para mí no habrá mañana, hija mía. Se los dije
con tiempo. Debía viajar desde antes de las doce de la noche y ya vino el nuevo
año y solamente espero que me abran las puertas para reunirme con quienes me
están esperando. Muchachas, se acerca el momento. Ayúdenme a sentarme, que
quiero morir sentada.
Las tres mujeres toman
el cuerpo flácido de la anciana y con alguna dificultad, porque es un cuerpo
grueso, las dos menores desde atrás y Eira delante, la sientan en la cama. Mira
a su hija Eira con ojos en los que se confunden la alegría y la tristeza y exhala
el último suspiro. Mamá acaba de irse. Sin aspavientos, sin regaños, sin
agravios, sin reclamos, silenciosamente como vivió por ochenta y dos años. Con
una humildad que la hizo grande ante los que la conocieron, los que siguieron
su lucha incansable por levantar los hijos que el amor le dejó cuando apenas
cumplía la mitad del período de la vida que le tocó vivir, con fe en Dios y con
una decisión inquebrantable de salir adelante, de saltar las dificultades sin
molestar a nadie.
Recuerdo a mamá por muchas
cosas. Por sus caricias, por sus voces de aliento, por sus enseñanzas, por sus
alegrías espirituales, por sus dolores contenidos y por sus lágrimas derramadas
interiormente. Hasta por los castigos que numerosas veces me aplicó “porque el
árbol que nace torcido hay que enderezarlo desde chiquito”. No obstante, a que
después de la muenda, reconocía sus excesos y con su mirada pedía el perdón no
reclamado. Así fue ella. Rigurosa, dura, implacable en el castigo a lo que
consideraba podía dañarle su obra de levantar y mantener el hogar, pero dulce,
cariñosa, amorosa, tierna, delicada con los pedazos de barro que modelaba. Para
ella no hubo hijo preferido. Todos eran uno. Hombres y mujeres carecían de
preferencias o distinciones. Solo amor y buen ejemplo.
Comencé a conocerla
desde muy niño. A pesar de ser el segundo de sus hijos, que fueron quince y al
momento de morir aún vivíamos diez, nunca la sorprendí en un momento de
debilidad. Por mandamiento que ella consideraba divino, su tarea, muy dura,
debía enfrentarla con coraje y sin vacilaciones. Contrario a mi hermano mayor,
José Alberto, desde niño fui extrovertido y favorito de otros miembros de la
familia paterna con la que nos levantamos. Ello me hizo considerar por años que
papá y mamá preferían al primogénito, sin detenerme a analizar que quizás eso
que catalogaba como preferencia, no era más que una manera de retribuir al hijo
silencioso que no recibía de los demás el mismo trato. El único de mis hermanos
que pudo pavonearse de alguna forma de preferencia, fue Rubén Darío. Su muerte
temprana constituyó un golpe duro para la recia mujer, que no lloró lo mismo
como cuando murió su tercer hijo, Alfonso, o al fallecer la cuarta de las
mujeres, Martha Elena, ni los otros que no llegaron a tener ni siquiera un nombre.
Es posible que la corta edad de los que se fueron no hubiera calado tanto en
sus sentimientos, como Rubén Darío, que lo hizo cuando contaba con dieciséis
años. Él, con Eduardito – el primer nieto- Eira, Felicia, María, Jerónimo,
Carmelo y Lucho, así como una serie de niños que no conocí pero que fueron
levantados por ella como si fueran sus hijos, son tal vez la esencia de los
años más difíciles que vivió mamá. Ello pudo originar esa preferencia que, sin
embargo, a la hora de estar reunidos, nadie podía detectar. Me ausenté del
hogar al formar el mío, como lo hicieron Alberto, Eduardo y Jorge. Al igual que
un recipiente con líquido, fuimos los que primeros salimos de él y ellos el
poso que mamá podía ver diariamente, en los malos y en los buenos tiempos.
Pero para mamá no hubo
lejanías ni olvido. Cuando Lucho Gatica incursionó en la fama y decía en una de
sus canciones: “Dicen que la distancia es el olvido, pero yo no concibo esa
razón”, ella me decía que eso era cierto, pero sin entrar en detalles. Yo no
los necesitaba. Sabía que su comentario partía de un hecho cierto, tácito, como
era la ausencia y el silencio de su hijo José Alberto, que partió una mañana y
sólo se supo de él en circunstancias que narraré en otro lugar. Ella no podía
concebir que por muy lejano y por mucho silencio que guardara su hijo, pudiera
olvidarlo. Por el contrario. En su mente y en su corazón crecía el amor por el
hijo ausente. Tenía pleno conocimiento de las razones de su partida, pero no
justificaba que guardara para él su sitio de destino o permanencia. No lo
expresaba. Como fue su costumbre, y por ello creo que el Creador le proporcionó
el más fuerte de los corazones, enterraba en su mente y en su cuerpo los
dolores. Sus hijos no debían sufrir con ella, además de la pobreza, la desnudez
y el hambre, de los sinsabores de la vida. En más de una ocasión le hice
preguntas al respecto y su respuesta fue la misma. Se quedaba mirándome en
silencio, de pronto miraba hacia un lado como para que no le viera los ojos
aguados y señalaba: “Para adelante la cruz, que el muerto hiede”.
Silvia fue mujer bonita
comparada dentro del estilo y la configuración de la mujer sinuana. Para la
época de su juventud, los cánones de belleza femenina eran totalmente
diferentes a los que se establecieron más tarde. Un poco baja de estatura, algo
generosa de carnes sin llegar a la exhuberancia, posaderas llenas y levantadas,
senos algo protuberantes, cintura de avispa, su conjunto imitaba a la guitarra.
Su rostro angelical y ovalado, su mirada ensoñadora de ojos negros rodeados de
espesas y negras cejas, acompañados de una frondosa, negra, lisa y larga
cabellera que le caía en las corvas, su conjunto era llamativo. Cuando pude
acompañarla a diligencias en el centro de la entonces aldea, comenzó mi
calvario. Regresaba a la casa lleno de furia contra todos los que en el camino
me habían dado una calificación que muchos años más tarde comprendí eran
piropos dirigidos a mamá: Adiós cuñado, me gritaban. Le rogué que no volviera a
invitarme a diligencias y ella comprendió mi problema. Sin darme explicaciones,
se iba con José Alberto en las poquísimas ocasiones en que, por alguna razón,
generalmente solicitudes de papá, debía salir de casa, porque no fue amiga de
deambular sin razón por el poblado.
Años más tarde me narró
las peripecias de su encuentro con papá, del flechazo de ambos y de cómo
iniciaron su vida de hogar.
Concepto de Jorge:
“Sin pretender
idealizar a mi madre, pienso que fue una mujer muy inteligente e inestimable.
Solo de esa forma, con esos atributos, podía levantar once críos sin que
ninguno de ellos pueda decir que no tuvo la oportunidad de superarse.
Fue paciente. En su
búsqueda de su verdad divina pudo escuchar de un lado y de otro. Al final y de
acuerdo con los conocimientos que aprendiera en la universidad de la vida,
agrandara su fe y encontrara, estoy seguro, el camino hacia el Creador.
Fue idealista, porque
así lo demuestra el mensaje que dejó a cada hijo, nieto, yernos y nueras, a
quienes dedicara algún versículo de la Biblia, que ella creyó pertinente a cada
uno”.
CONCEPCION DE EIRA.
¿Cómo veía a mamá?
“De niña: Una señora
muy brava que no perdonaba una falta, de carácter fuerte. Cuando tomaba una
decisión no la cambiaba por nada. No recuerdo que me hubiera enseñado con
palabras, pero sí con su ejemplo. Cuando quería a alguien era de verdad, pero
cuando aborrecía a una persona, también era de verdad, verdad. No olvidaba las
ofensas que le hacían.
En mi juventud: Comencé
a entender que esa rectitud encerraba su gran amor de madre, el deseo de que
sus hijos fueran personas de bien. De no ser así hubiera sido difícil sacar
adelante su gran número de hijos, ya que esto le tocó prácticamente sola porque
para mí, papá no le metió el hombro a nuestra educación.
Mamá no tenía
instrucción, pero era muy inteligente y tenía una gran formación moral y buena
consejera espiritual. Lo deduzco por la constancia con que sus amigas la
buscaban para que les ayudara en sus dificultades y no solamente las mujeres,
también los maridos de las amigas le pedían consejo, le comunicaban los problemas,
para que los orientara cómo resolverlos.
Mamá no fue amiga de
sus hijos. No percibí que nos tuviera confianza en ningún aspecto.
Después de la muerte de
mi papá, mamá empieza a cambiar en algunos aspectos. Vi que ese muro en que
basaba la dureza se fue derrumbando. Se encerró en sí misma, se sentía sola y
desprotegida, se volvió sentimental, frágil. A mis hermanos menores no los
trató como a nosotros. Con ellos fue permisiva y tolerante.
En los últimos años de
su vida, mis ojos y mis sentidos vieron y sintieron una mujer admirable, de
grandes conocimientos, de mucha espiritualidad, cada día era más sensible.
Nunca quiso que sus hijos nos priváramos de algo por darle a ella; siempre
pensaba que lo que nos gastáramos en ella nos iba a hacer falta más tarde, no
quería causarnos la más leve dificultad. Por eso aguantaba en silencio sus
dolencias físicas y morales, pero gracias a Dios a medida que fui creciendo le
fui conociendo cada uno de sus gestos, sus miradas y aún su tono de voz. Fueron
varias las veces que sin que ella pronunciara palabras pude saber que algo la
molestaba o le dolía; no quería oír, ver o comer y sin pronunciar una sílaba,
la abrazaba y le decía: mami, no quieres esto ¿verdad?, y con su carita
angelical me miraba y decía: ¿Cómo lo sabes? Yo te conozco, mamita, y terminaba
llorando.
Mamá fue una mujer muy
sufrida, por que las dificultades de cada uno de sus hijos la hacían padecer
mucho, por sentirse impotente para solucionárselos.
Dios, a mamá, le dio algunos
dones especiales. Ella casi nunca se equivocaba en lo que decía. Recuerdo que
hace muchos años lanzó una expresión a una familia por algo que le hicieron y
antes de la semana esa gente tuvo una desgracia y ellos decían que les había
echado maleficios, pero no, fue un sentimiento que le salió del alma por el
daño que le habían causado. También a mi me prometió algunas cosas y tarde o
temprano tuve que reconocer que ella me lo dijo, pero yo no hice caso.
También vi en mi madre
una persona solidaria, servicial. Cuando veía a alguien necesitado le daba lo
poco que tenía y a veces hasta lo que no podía, pero ese ser no salía con las
manos vacías y con un aliciente en su corazón.
En sus últimos años se dedicó a leer,
interpretar y practicar la palabra de Dios.
Eran muchos los episodios de la Biblia que los sabía de memoria y los explicaba
muy bien. A pesar de asistir a los templos evangélicos, creía profundamente en la Santísima Virgen.
Era tanta su fe en ella, que en dos ocasiones se le apareció, pero por temor a
ser tildada de loca no quiso decirlo. La última vez fue en su lecho de enferma
y le realizó el milagro de curarle el pie, para que no se lo amputaran; sin
embargo, mamá murió, ella no quería seguir viviendo porque ya no veía y no
podía hacer nada de lo que le gustaba. Se sentía una carga para sus hijos,
especialmente para mí. Desde que empezó el año 2002 comenzó a despedirse y
decía continuamente: este es el último año que voy a vivir. El Todopoderoso le
concedió el deseo, porque solamente alcanzó a vivir tres horas del año 2003. La
petición final que me hizo: “Mija, quiere mucho a tus hijos y no dejes que
regañen tanto al niño (Andrés Felipe)”.
VISION DE EDUARDO (Nieto):
“Desde que nací he sentido dentro de mí, como
si hubiera sido Silvia Rosa la que me hubiera traído a este mundo; porque desde
que abrí los ojos y empecé a sentir los instintos de protección y seguridad,
fue con ella. Porque estoy casi seguro de que cuando buscaba saciar mi hambre,
mamá era la que corría a atender el llamado. Por esto, y como crecí en la niñez
a su lado, aprendí a conocer y sentir amor, a conocer la humildad, el respeto,
la honradez, la honestidad, la fortaleza, la laboriosidad, la lealtad, la tolerancia,
la justicia y la amistad.
Fue tan grande ese amor
hacia mí, que mis hermanos (tíos) llegaron a sentir celos, porque mamá todo lo
quería para mí. Inclusive, que hasta en sus ausencias momentáneas ellos
cuidaban de su nieto tal como ella lo hacía. Se los encomendaba y se los repetía
más que el cuidado de la casa. Como nací enclenque, en mis primeros años de
vida, cuando enfermaba sentía su desespero y afugias y ponía a correr a los que
estuvieran a su lado, que casi eran siempre mis hermanas Eira y Fela; pero eso
sí, después de salir de la crisis venía la recuperación con las famosas sopitas
de pichón de paloma, que me recuperaban tanto como el amor con que ella me las
suministraba. Aprendí a balbucir la palabra mamá, hacia ella, por el amor y
cariño que me prohijó y al crecer al lado de mis hermanos (tíos) Luis, Rubén y
María, bajo sus faldas.
Difiero un poco de
algunos de mis hermanos (tíos) en el sentido que ellos afirman que mi mamá
nunca me pegó, pero guardo recuerdos de algunos trapazos que me dio con
pantalones de dril al momento que los lavaba y que los exprimía. Era tanta la
fuerza con que venían esos trenzados de dril, que si estaba parado me hacían
correr unos metros. También por mi contextura. Porque a mamá cuando la
enfadábamos pegaba con lo primero que tuviera en las manos. De eso recuerdo que
quien tuvo menos suerte fue Luis, porque él cuando le iban a pegar no corría y
mamá varias veces lo cascó con el manduco de lavar. En cambio, Rubén y yo
corríamos y cuando nos lo lanzaba a veces lo esquivábamos. Al oírme llorar
tanto, no por el golpe del trapo sino por sentimiento, estando al lado, al
frente o detrás de ella, emitía una risa corta muy particular y característica
en ella, acompañada de la frase: Fíjate, te di duro, porque es que no haces
caso puñetero pelao. Eso era suficiente y dejaba de llorar, porque lo sentía
como una caricia o perdón a mi falta cometida.
Recuerdo el día de su
partida hacia la ciudad de Barranquilla como si fuera ayer. En busca de la
esperanza de dejar de ejercer las labores que hacía o quizás un mejor vivir.
Estoy casi seguro de que fue la primera y única vez que noté a Silvia Rosa
impotente. Impotente, pero de no poderme llevar consigo, porque la verdad, mamá
había cumplido con la falta de mi padre en la crianza, cuidado y en la etapa
escolar.
Era tanto el querer y
el cuidado que mamá me profesaba, que en mi adultez y en época de corralejas,
mandaba a buscarme desde Cartagena con mi compadre Carmelo, porque sabía de mi
afición por esas fiestas y el peligro que corría su flaquito en esas plazas de
toros.
Por esas cosas de la
vida, mis padres no estuvieron a mi lado en mi niñez, pero mamá llenó todos
esos vacíos y me dio los cuidados que deben dársele a un hijo, como quizás
ninguna otra persona me los hubiera dado. Por eso, el crecer a su lado, fue que
me enseñó a amar, querer, respetar, a escuchar y después hablar, a dar
consejos, porque en esto, en el barrio donde me levanté no se la ganaba nadie.
Mamá daba consejos a todo aquel que se lo solicitara, sin importarle su clase,
posición económica, raza, edad o nivel intelectual, y con unos aciertos
sorprendentes porque parecía que mamá adivinaba al ver la cara de los
consultantes, los pensamientos o intenciones en las dificultades por las cuales
acudían a ella.
Por el amor que mamá me
enseñó y sembró en mi ser, puedo pregonar que tengo una esposa y unos hijos con
los cuales formamos una hermosa familia, de la cual ella dio fe y creo que con
eso alcancé a darle un poco de tranquilidad y felicidad.
Estoy más que seguro
que donde la tenga la Divina Providencia, está intercediendo por la felicidad y
el bienestar de todos sus hijos, nietos, biznietos, yernos y nueras, porque si
lo hizo en vida con tanta devoción y pasión, ¿cómo dudarlo ahora que está
delante de Él?
¿Hay algo más grande
que morir junto al ser amado? ¿Y mejor aún, morir con él sin abandonar el mundo
para terminar la tarea que dejó en suspenso?
Qué es más efímero ¿el amor, la vida o
la belleza?
El tiempo es una de las
pocas cosas inventadas por el hombre. Dios no hace esclavos. Además, el tiempo
es corto o largo, efímero o eterno. Como tú quieres que sea”.
Visión de Alberto:
Yo comparo a mi mamá
como la mujer virtuosa de proverbios 31-10. Mujer que lo dio todo por su
familia.
Proverbios 31:10 “mujer
virtuosa ¿Quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las
piedras preciosas”.
Visión de María Bernarda.
Una madre que lo hizo
todo por llevar a sus hijos lo más lejos que sus posibilidades le permitieron.
Llena de revelación y
sabiduría, siempre sabía que algo estaba pasando en cada hijo. Sabía cuan do
imponer disciplina, cuándo aconsejar o cuándo consentir.
Ahora que miro hacia
atrás veo una enseñanza en cada actuar de ella, como es la de no rendirse,
luchaba cada batalla. Una mujer que, como a muchas, le tocó ser padre y madre a
la vez, pero nunca se rindió, ni siquiera la enfermedad la venció. Dijo: me iré
a la tumba con mi cuerpo completo, no permitiré que me quites un pedacito de mí.
Y lo logró.
Y es que ella peleaba
cada batalla de rodillas frente al único que podía darle la victoria, su Dios.
Sólo ante él se arrodillaba y se humillaba, porque ante el hombre se mantenía
de pie con su cabeza bien en alto. Ella sabía de quién era hija. Y ese fue el
mayor legado, la enseñanza más grande, lo mejor que dejó a sus hijos “no te
arrodilles a ningún ser humano, arrodíllate ante tu P adre Celestial”-
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